
Mi madre me dijo tantas veces que era tan perfecta que casi que me lo creí, a esa edad en que las palabras se hacen reales en lo que se llama aparato psíquico. Después, en la adolescencia, me di cuenta de que No. No era real, no era perfecta y más aún, estaba re' lejos. Y cimenté mis ansiedades y temores y compensé, sacando buenas notas, siendo demasiado responsable a veces, y otras, tomando, fumando y otras hierbas. Y me hice imperfecta, y perdí el rumbo.
A los 34 años me dijeron, a propósito de un dolor de huesos, que era coja. -"Ud. es coja". No lo podía creer. -"Cómo?"- "Si, ha estado cojeando durante mucho tiempo, pero no se dio cuenta porque su cuerpo se acomodó..." etc. No lo podía creer.
Me dio risa y pena. Es cuestión de milímetros, pero voy más allá. Es el reflejo de mi forma de ser. De algo chueco, surge algo recto. La sobreadaptación. Imagínate, la columna, el pivote anatómico por excelencia, se desvió para mantener el equilibrio. Puta, lo sabía, Reich tenía razón, si señora!
Esto, de todas maneras, es una anécdota y por ende, una exageración, pero vale la pena marcar la página y recordarlo. Algo hay ahí que me hizo ensimismarme y sentir por un rato que bueno, hay que enderezar las cosas. Y, por su puesto, Ahora que lo veo, ESCOGER.
No hay cojo weno.
ResponderBorrar¿Te das cuenta que llevas un par de años "enderesando" las cosas?
ResponderBorrarSip. Pero es una pega que parece que no termina.
ResponderBorrar