Hay algo pegajoso en las relaciones que conjugan la aproximación y la evitación. Es como que se generara un atractor (en el sentido físico) entre estos polos, como un hoyo negro, que atrapa peligrosamente en una dinámica de incertidumbre y azar.
La tendencia es rellenar el espacio que deja la duda con infinitos significados imaginarios, con explicaciones que no satisfacen sino momentáneamente (como ésta), porque lo que queda en el fondo, es el vacío, el silencio, y nuevamente la pregunta. El enganche, lo que pudo ser, y lo que sería si algo hiciera o no hiciera. Y la idealización de lo que no se tiene, junto con la desvalorización de lo que si se tiene.
No sé muy bien cómo salir de este rollo por la vía racional, porque las preguntas llevan a más preguntas (y el espiral se hace más grande). Me imagino que tiene que ver con el devenir de los afectos, con el desplazamiento de la líbido, con un acto psicomágico o una experiencia transpersonal.