martes, 6 de noviembre de 2007

Achaques de viejita treintona.



Después de estas semanas terribles llenas de fastidio laboral, había yo desarrollado un par de achaques distintos de los habituales. Primero, un intenso dolor lumbar - léase lumbago - que me anduvo trayendo ridículamente tiesa, y posteriormente un dolor entre el pecho y el hombro, más cercano al pecho a veces, al hombro otras... me psicosié y dije bueno, capaz que esté histéricamente de infarto, como el Toño dije yo, y después de dos semanas de molestias continuas me decidí a ir al médico.


De allá vengo. Le cuento por qué estoy allí a la Diostora, un poco avergonzada de responder que soy psicóloga, ya que obviamente sabía que lo que tengo es más psíquico que somático, pero en fin. Le digo del dolor del pecho-hombro, del lumbago, del colon irritable y del tabaquismo, para empeorar el panorama. Su diagnóstico: Osteocondritis. Esta vez la maldita presión afectó nada más y nada menos que mis huesos, y de allí la famosa puntadita.

Me mira y me dice que me va a dar antinflamatorios y que con eso el dolor debiera ceder. Y bueno, para qué decirme más si "yo sé manejarlo"... Me reí nerviosamente y me fui dando las gracias por nada en el fondo, porque si supiera manejarlo no hubiera llegado al médico.
Tendré que saber manejarlo, pues. Pienso en esto y me agarro la cabeza, mientras me fumo el pucho 15 del día.

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